El silencio de la noche se apreciaba en el campo, la hermana Luna brillaba, su luz quitaba las sombras que amenazaban los senderos, que llevan a los lugares más asombrosos, donde sólo guerreros valientes han podido regresar.
Y en medio de la nada desde las colinas se podía observar aquella pequeña luz amarilla. Se encontraba entre los campos de trigales, en esa época del año estaban vacíos. El aire tan frío provoca que las espadas de los caballeros queden atascadas en sus vainas, lástima que el aire fuera así de crudo, porque la atmósfera era perfecta, la calma, los grillos cantaban alegres y la luz lunar… El resoplar de mi caballo terminó con la magia que se apreciaba.
La paz que busqué durante aquellos días pasados la iba a encontraba allí, estaba harto de ver al fuego consumir los árboles y las huestes enemigas, el sonido que producían las flechas que cortan el aire seguido por un grito de dolor y agonía. El olor del lodo mezclado con la sangre, esa horrible hediondez que estaba presente en todos lados. Pero eso ya estaba en el pasado porque eso ya era parte del pasado, porque ya estaba en casa.
Presioné con mis piernas a Melyenenefth, él empezó a trotar rápido, el “clip-clap clop” sonó armonioso mientras más cerca me encontraba de mi destino, podía oler con claridad el humo hogareño que salía de mi chimenea. Jalé las riendas de mi corcel y frenó, bajé de aquel pedazo de carbón que tenía el galope más rápido de todo el reino. Corrí hasta mi morada, cuando llegué al pórtico me asomé por una de las ventanas y allí estaba ella. Su cara, me pareció ver un ángel, su expresión en un principio me demostró inseguridad y desesperación, sus ojos negros y brillantes me mostraron miedo y tristeza por la que habían pasado en estos meses que defendí el reino. Después de mirarme su expresión cambió, la incertidumbre se volvió seguridad, el miedo se transformó en felicidad, la calma llegó, lo supe al ver como descendían las lágrimas por su rostro. Ambos corrimos a la puerta tomamos al mismo tiempo la manija, la giramos. Yo sentí en ese momento, como nuestras mentes estaban unidas, al igual que cuando éramos prometidos. Al abrir la puerta ella apareció detrás del marco, con su camisón blanco que no me dejaba ver la perfecta figura de mi amada Lourdes. Lo poco que podíamos ver era su cara, su hermoso cuello de cisne, sus pequeñas manos marcadas por el trabajo en el campo, los pequeños trozos de seda con los que caminaba. La tomé entre mis brazos, sus rosados labios se unieron a los míos. Después de aquellos meses que pase lejos de ella, no olvidé aquel sabor proveniente de su boca.
Mis manos comenzaron a acariciar su espalda, mi mano izquierda subió hasta llegar a su cuello, su cabellera dorada le llegaba a la mitad de la espalda. Sus manos bajaron lentamente desde mis hombros hasta llegar a mis nalgas. Con mi lengua acaricie sus perlas blancas y su suave pétalo de rosa roja, con sabor a dulce néctar. La cargué. Era como una pluma ligera, suave y graciosa. Ella me abrazó por el cuello. Llegamos a la habitación, la recosté en la cama, comencé a besar su cuello, exquisito, ella me envolvía con sus brazos cada vez más fuerte y apasionada. Jugué con sus pies, los acaricié, masajeé y besé. Lourdes rió, mis manos comenzaron a subir por sus piernas, la punta de mis dedos se deslizaron en su fina piel. Mis manos avanzaban como tigres al cazar a su presa, sigilosas, mientras sienten el movimiento a su alrededor, esperando el momento justo para atacar. Su abdomen se contrajo. Le quité el camisón la sostuve con ambas manos por su cintura estrecha; el abdomen delgado, firme, suave. Su ombligo sobresalía comencé a besarlo, le mordí ligeramente alrededor, de su boca salieron pequeños gemidos placenteros al oído. Miré sus senos, amplios, erguidos, delicados, llenos de vida. Los besé. Sus pezones aumentaban poco a poco cada vez que mis manos y mi boca jugaban con su pecho. La abracé. La miré directo a sus perlas negras, la pasión, el amor, la felicidad se unían en ahí adentro; de su boca broto una sonrisa seductora, cerramos los ojos, nos fundimos en un beso tan cálido y profundo. La hice mía, su respiración aumentaba y se aceleraba al igual que sus latidos, enterró sus uñas en mi espalda, la pasión aumentó, se sentía en cada beso, caricia, rasguño y pausas en su respiración. Cuando nuestros cuerpos se fusionaron, la tome de las muñecas con mi mano izquierda, por encima de su cabeza. Con mi mano derecha la abracé. Besé sus dulces labios, su hermoso cuello, sus firmes senos.
El tiempo no avanzó, se detuvo, una sensación mágica, parecía que nuestros cuerpos eran uno desde el principio de los tiempos. La respiración, las pulsaciones, el ritmo, los sentidos parecían ser una sola entidad. Comenzó a producir ligeros suspiros, sus pupilas se dilataban, la respiración era más profunda, su corazón nunca se había acelerado tanto en toda su vida, bueno el mío tampoco. Los gemidos eran más fuertes y largos. La pasión se desbordó, nos fundimos en un cálido amor… la calma llegó, me besó, la abracé. Ella me dijo: “Te amo”. Me besó. Al poco tiempo salimos abrazados al pórtico a contemplar las estrellas. Durante toda la noche.
Y en medio de la nada desde las colinas se podía observar aquella pequeña luz amarilla. Se encontraba entre los campos de trigales, en esa época del año estaban vacíos. El aire tan frío provoca que las espadas de los caballeros queden atascadas en sus vainas, lástima que el aire fuera así de crudo, porque la atmósfera era perfecta, la calma, los grillos cantaban alegres y la luz lunar… El resoplar de mi caballo terminó con la magia que se apreciaba.
La paz que busqué durante aquellos días pasados la iba a encontraba allí, estaba harto de ver al fuego consumir los árboles y las huestes enemigas, el sonido que producían las flechas que cortan el aire seguido por un grito de dolor y agonía. El olor del lodo mezclado con la sangre, esa horrible hediondez que estaba presente en todos lados. Pero eso ya estaba en el pasado porque eso ya era parte del pasado, porque ya estaba en casa.
Presioné con mis piernas a Melyenenefth, él empezó a trotar rápido, el “clip-clap clop” sonó armonioso mientras más cerca me encontraba de mi destino, podía oler con claridad el humo hogareño que salía de mi chimenea. Jalé las riendas de mi corcel y frenó, bajé de aquel pedazo de carbón que tenía el galope más rápido de todo el reino. Corrí hasta mi morada, cuando llegué al pórtico me asomé por una de las ventanas y allí estaba ella. Su cara, me pareció ver un ángel, su expresión en un principio me demostró inseguridad y desesperación, sus ojos negros y brillantes me mostraron miedo y tristeza por la que habían pasado en estos meses que defendí el reino. Después de mirarme su expresión cambió, la incertidumbre se volvió seguridad, el miedo se transformó en felicidad, la calma llegó, lo supe al ver como descendían las lágrimas por su rostro. Ambos corrimos a la puerta tomamos al mismo tiempo la manija, la giramos. Yo sentí en ese momento, como nuestras mentes estaban unidas, al igual que cuando éramos prometidos. Al abrir la puerta ella apareció detrás del marco, con su camisón blanco que no me dejaba ver la perfecta figura de mi amada Lourdes. Lo poco que podíamos ver era su cara, su hermoso cuello de cisne, sus pequeñas manos marcadas por el trabajo en el campo, los pequeños trozos de seda con los que caminaba. La tomé entre mis brazos, sus rosados labios se unieron a los míos. Después de aquellos meses que pase lejos de ella, no olvidé aquel sabor proveniente de su boca.
Mis manos comenzaron a acariciar su espalda, mi mano izquierda subió hasta llegar a su cuello, su cabellera dorada le llegaba a la mitad de la espalda. Sus manos bajaron lentamente desde mis hombros hasta llegar a mis nalgas. Con mi lengua acaricie sus perlas blancas y su suave pétalo de rosa roja, con sabor a dulce néctar. La cargué. Era como una pluma ligera, suave y graciosa. Ella me abrazó por el cuello. Llegamos a la habitación, la recosté en la cama, comencé a besar su cuello, exquisito, ella me envolvía con sus brazos cada vez más fuerte y apasionada. Jugué con sus pies, los acaricié, masajeé y besé. Lourdes rió, mis manos comenzaron a subir por sus piernas, la punta de mis dedos se deslizaron en su fina piel. Mis manos avanzaban como tigres al cazar a su presa, sigilosas, mientras sienten el movimiento a su alrededor, esperando el momento justo para atacar. Su abdomen se contrajo. Le quité el camisón la sostuve con ambas manos por su cintura estrecha; el abdomen delgado, firme, suave. Su ombligo sobresalía comencé a besarlo, le mordí ligeramente alrededor, de su boca salieron pequeños gemidos placenteros al oído. Miré sus senos, amplios, erguidos, delicados, llenos de vida. Los besé. Sus pezones aumentaban poco a poco cada vez que mis manos y mi boca jugaban con su pecho. La abracé. La miré directo a sus perlas negras, la pasión, el amor, la felicidad se unían en ahí adentro; de su boca broto una sonrisa seductora, cerramos los ojos, nos fundimos en un beso tan cálido y profundo. La hice mía, su respiración aumentaba y se aceleraba al igual que sus latidos, enterró sus uñas en mi espalda, la pasión aumentó, se sentía en cada beso, caricia, rasguño y pausas en su respiración. Cuando nuestros cuerpos se fusionaron, la tome de las muñecas con mi mano izquierda, por encima de su cabeza. Con mi mano derecha la abracé. Besé sus dulces labios, su hermoso cuello, sus firmes senos.
El tiempo no avanzó, se detuvo, una sensación mágica, parecía que nuestros cuerpos eran uno desde el principio de los tiempos. La respiración, las pulsaciones, el ritmo, los sentidos parecían ser una sola entidad. Comenzó a producir ligeros suspiros, sus pupilas se dilataban, la respiración era más profunda, su corazón nunca se había acelerado tanto en toda su vida, bueno el mío tampoco. Los gemidos eran más fuertes y largos. La pasión se desbordó, nos fundimos en un cálido amor… la calma llegó, me besó, la abracé. Ella me dijo: “Te amo”. Me besó. Al poco tiempo salimos abrazados al pórtico a contemplar las estrellas. Durante toda la noche.
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