- Cualquiera pensaría que soy una fácil, una zorra,
pero esta es mi forma de vivir. Me siento sola, pero no es mi culpa. Lo bueno
es que por fin se acerca un micro. Necesito la esencia masculina, sentir la
testosterona, oler las lociones baratas combinadas con el sudor, agotamiento y
sueños rotos. ¡Huelen a vida tratando en esfuerzo vano de sobrevivir!
Desafortunadamente me hacen falta cada día. Son lo único que me ata a esta
vida.
Sobre el eje, Loreta hace señas
al surrealista transporte público, esa máquina de tortura medieval. Como de
costumbre, un frenón en seco violentamente sacude a los pasajeros. La golosa
mirada del chofer escanea a Loreta y su entallada ropa, cercana a los cuarenta
años, con sus piernas largas y torneadas, un busto que aún no pierde la guerra
contra la gravedad, cintura breve a pesar del caos del tiempo. Los pasajeros
dejan pasar a Loreta hasta la parte media del vehículo, ella se siente cobijada
por esa promiscuidad pasajera. Excelsa muestra común de la concupiscencia
disimulada, juega con el deseo, el rechazo y la soledad.
Sus odios son invadidos por la
extravagante voz de Kanny García mientras, es estrujada por el vaivén de los
pasajeros.
“Llevo días leyendo tus cartas
preguntándome por qué me enamoré de ti.
Pues yo misma me decía: “no lo pierdas”,
sin pensar que nada valía la pena.
¿Por qué fue que pensé en ti cuando no eras para mí?
Pero todo se contestó en una conversación
quiero darte la explicación.”
El ritmo de la canción y la letra
penetra fuertemente en su mente. Lo siente entre sus piernas, el roce de la
dureza masculina frotada contra su cuerpo. Sus senos apretados contra la
espalda de un joven que apenas alcanza los veinte años. Quiere abrazarlo,
sentir su virilidad, la firmeza de sus músculos, besarlo y morderlo hasta hacerle
sangrar. El olor aún limpio de la juventud, la excita aún más. En un movimiento
brusco del microbús, ella recarga su rostro en la ropa de él.
- Ay chavo, perdón. ¿Te manché la
camisa? –. Exclama con expresión de sorprendida y sonrisa disimulada. El muchacho
que no se dio cuenta del ataque femenino, niega con la cabeza y voltea
indiferente.
“Que fui a una tienda que lo que he comprado
me sirve mejor que el estar a tú lado;
que dos baterías me han funcionado
mejor que tus besos y que tus abrazos,
ya no diré yo mas nunca te extraño
pues no me hacen falta ya mas tus engaños
para dar migajas y hacerme más daño
mejor soy feliz”.
Loreta toma conciencia de que un
hombre a su derecha, repega su muslo contra el suyo. Le agrada la firmeza y la
fuerza viril contenida. Se gira, el vaivén de la máquina, que pasa sobre baches
e irregularidades de la calle, le hace sentir un cosquilleo intenso. Se imagina
desnuda, sentada sobre el torso velludo y fuerte de aquel hombre. La excitación
aumenta. Lleva apenas unas cuadras de su camino, y ya siente el anuncio de un
orgasmo. Un grito: “Bajan”. El amarre de las llantas y el desacomodo de los
pasajeros interrumpen su esperado placer.
- ¡Vete a tentar a tu puta madre!
–. Grita la joven que solicito la parada. Loreta se apresura a tomar el lugar
de aquella chica, no quiere perderse el cobijo de los cuerpos masculinos, y
menos cuando estuvo tan cerca, tan pero tan cerca.
Rodeada, apretada entre los
desconocidos, los amantes anónimos capaces de dar la satisfacción que desea, a
pesar de la inconsciencia de la mediocre excitación, el sentir un cuerpo
femenino recargado y frotado contra ellos.
“Con mi amigo en el baño“.
- No sabes nada amiga – con un
soliloquio se dice a sus adentros, como si la misma Kanny le escuchase -, un
amigo en el baño no es suficiente, cuando puedes tener muchos en el micro.
“Unas le dicen consolador,
otros le llaman amigo.
Solo sé que con él llego
a donde yo fingí contigo”.
Se acomoda. Procura quedar pegada
al hombre de torso velludo, recarga su espalda y sus nalgas contra el joven.
Así los une. Sabe que no tardara en sentir más su humedad en el pubis y en la
entre pierna. Aprieta sus muslos con fuerza para disimular el temblor. Los
pezones erguidos escondidos tras su ropa. Pero el tono carmín exaltado del
rostro no hay como ocultarlo. Sólo la seriedad y la dureza en la mirada, le
ayudan para que los otros pasajeros, lo confundan con coraje, pena e
indignación por los frotamientos de los cuerpos masculinos.
“Si antes me hubiese enterado
de este tesoro existente,
no me hubiese interesado
tu amigo el impotente”.
-Así no hablo con ellos, ni estoy
obligada a soportar sus mentiras, juegos de coqueteos fáciles y sin
imaginación, aburridos, faltos de originalidad –con enojo naciente se dice así
misma -. Simples y llanos, todos son igual de estúpidos. Malos amantes y peores
compañeros. Egoístas y vacunos, ególatras, sin sustento, inseguros hasta el
infantilismo. Esta es mi solución. Puedo tenerlos a todos, los que yo quiera;
escapar a su compañía para gozarlos a mi placer, sin emociones ni juegos
amorosos condenados al desgaste y al aburrimiento. Al hartazgo mutuo. A la
amargura del desengaño.
Loreta llega al edifico de la
colonia Del Valle en donde habita. En el espacio del estacionamiento permanece
su pequeño Beattle del año. Apenas si lo usa. Prefiere los viajes con sus
amantes, con sus aventuras orgásmicas. Entra a la soledad del pequeño y
femenino departamento. Mientras se dirige a la recámara, se arranca del cuerpo
una a una las prendas. No prende la luz. Desnuda se deja caer sobre la cama. Se
abraza a sí misma. Se acaricia aún húmeda. Solloza con triste y humillante
soledad. Lo recuerda con desprecio, entre lágrimas voltea a ver la fotografía.
- Me cambiaste por esa pinche
escuincla. Pero no me importa tengo más amantes, diferentes e incansables, fieles
a su ignorancia. Son hombres, saben serlo, aunque seguro con sus parejas son
igual de estúpidos que tú. Tienen asegurado su boleto a la impotencia. Como
sucede contigo.